Text 9 Feb El arquitecto del templo

En su juventud, Mediócrates el filósofo se sentaba y miraba la construcción de la Acrópolis de Porros. La faena era ardua, pues el rey Anaxenodes quería que su templo de Hermes fuera admirado a través del Hélade.

Cuando el arquitecto jefe, Ergino de Lesbos, pasaba cerca de él, le preguntaba:

“¿No encuentras absurdo el afán de colocar piedra sobre piedra?”

“Es por orden del rey y para gloria del dios” respondía invariablemente el arquitecto.

“La argamasa se debilitará y terminará por derrumbar el templo. La tierra temblará y terminará por derrumbar el templo. Los persas atacarán y terminarán por derrumbar el templo. Así como los olímpicos exiliaron a los titanes, otros dioses arrojarán a los olímpicos y vendrán a derribar el templo. Si no, la falta de fe y el fin de los tiempos vendrán y derrumbarán el templo. Y habrás desperdiciado tu vida mortal en edificar una ruina que, al final, nadie verá”.

“¿Y qué sugieres que haga?” preguntó Ergino.

“Has tu trabajo mediocremente, cobra tu sueldo y gástalo en libaciones, ágapes y hetairas. Disfruta el tiempo presente que te ha sido otorgado. No lo pierdas pensando en un futuro que desaparecerá de todos modos”.

Text 14 Jan Los melocotones de Agatoclio

Una tarde, el sabio Mediócrates estaba junto a sus discípulos, muy concentrado hurgando su ombligo, cuando Agatoclio, un ciudadano de Porros, se acercó a él con dos de los raros duraznos o melocotones en las manos.

“Maestro, no entiendo tu doctrina” dijo. “Dices que siempre hay un camino mediocre entre el bien y el mal, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo. Pero no veo cómo aplicarlo a la vida diaria”.

Mostró sus manos al maestro y sus discípulos. Una fruta se veía sana, limpia y muy apetitosa, mientras la otra se veía mala, putrefacta y olía mal. “¿Qué hago si tengo estas frutas, filósofo? ¿Cómo supero la dicotomía en el día a día?”

Mediócrates se puso de pie y se acercó a Agatoclio. Tomó ambos melocotones y los examinó. Lanzó lejos el que estaba malo. Acto seguido, arrojó contra el suelo el bueno, lo pisó un poco y lo devolvió, magullado y sucio, a su dueño.

“Siempre existe una manera de ser mediocre y de obrar mediocremente. Considera, sin embargo, que es más fácil arruinar lo bueno que mejorar lo malo”.

Text 13 Jan Las berenjenas del ágora

Mediócrates caminaba con sus discípulos por el ágora, cuando se detuvo junto a una verdulera.

“Se dice en todas las cocinas del Hélade que las verduras son propias de la ensalada, mientras las frutas lo son del postre, ¿cierto?”

Tanto los discípulos como la verdulera asintieron.

Mediócrates tomó una berenjena y preguntó: “¿quién puede decirme si la berenjena es una fruta o una verdura?”

Mediáclito se apresuró en contestar. “Es una baya, y por tanto una fruta, maestro; ergo, corresponde al postre”. El sabio asintió ante la respuesta.

“Verdulera,” siguió Mediócrates, “¿es una fruta o una verdura?”

“La berenjena va en la ensalada, de modo que es una verdura” respondió la mujer, mientras el erudito aprobaba con la cabeza.

“Ambos tienen razón, pero al mismo tiempo están errados” comentó el filósofo. “El conocimiento muestra que es una fruta, como dice el joven Mediáclito. Pero lo sabio es no ponerla en el postre, de manera que si escuchan a la vetusta verdulera, que ignora esas materias, obrarán con sabiduría”.

“Resguárdate del falso conocimiento, pues es más peligroso que la ignorancia. La verdadera sabiduría se obtiene como recompensa por una vida de escuchar cuando hubieses querido hablar”.

Text 13 Jan Los Anemoi

En su obra “Periplos”, Mediáclito cuenta que Mediócrates narró la siguiente historia en el ágora de Porros:

Tres veleros zarparon hace años desde Corinto hacia Ítaca. De los tres capitanes, uno gustaba de ver el lado positivo de los acontecimientos y el otro se enfocaba en el negativo, pero el tercero era un verdadero filósofo.

Mientras navegaban, Euro sopló con fuerza y sus vientos alteraron el curso de las naves. El capitán pesimista se quejó amargamente del capricho de los vientos. El capitán optimista, en cambio, sonrió y esperó, confiado en que Céfiro despertaría y el viento cambiaría.

El verdadero filósofo se limitó a ajustar el velamen. No maldijo a los dioses ni los alabó para seguir su rumbo. Y mientras los otros dos capitanes encallaron sus naves en las costas de Acaya, el mediocre no tardó en fondear en el puerto de Ítaca.

Text 8 Jan Fotias y Halios

Una vez terminada la boda en Halicarnaso, Mediócrates contó la siguiente historia:

Hace años, los hermanos Fotias y Halios se establecieron en Tesalónica. Fotias se hizo albañil en la polis, mientras Halios se retiró a meditar al monte Athos. Con el tiempo, Fotias sintió que era el momento adecuado para fundar una familia, tomó mujer y engendraron hijos. Su hermano, en cambio, profundizó en la vida contemplativa del filósofo anacoreta.

A Fotias le preocupaba que su hermano no viviera la vida que los dioses le habían otorgado, y un día fue a conversar con él al monte.

“Halios” dijo, “has repudiado la vida que todos tenemos, sin una mujer que te ame ni hijos que se ocupen de ti en tu vejez. Y ese celibato no lo has consagrado a dios alguno, que es la otra forma de vivir la vida. Solamente te has retirado a cavilar por cavilar.”

“Fotias” respondió su hermano, “la vida que nombras puede ser buena o mala. Si buena, serás feliz; de lo contrario, serás desgraciado. Pero al tildar tu vida de buena o mala, lo harás respecto de un hombre como tú, pero que vive en desgracia y sufre; o de uno que goza y siembra envidia en tu corazón; o paladearás el amargo sabor de la ventura ganada y luego perdida. Cualquiera sea el caso, sufrirás aflicción o la provocarás.”

“He venido a este lugar a contemplar estas tribulaciones de la existencia” prosiguió Halios, “no a vivirlas. Los sentidos avivan el deseo, y el deseo es el origen de la amargura. Pues al entumecer mis sentidos me abstraigo del dolor, que causa tristeza, y de la felicidad, que la incuba para causar mayor tormento. Es en esta mediocridad del espíritu donde encuentro la paz.”

Bien podría ser que Halios fuese el primer filósofo pórrico.

Text 7 Jan 1 note El nuevo año

En su obra “Periplos”, Mediáclito de Naxos narra que Mediócrates de Porros no participaba de las celebraciones del año nuevo.

“¿Por qué no bebes ni bailas hoy, maestro?” le preguntó. “Un año ha concluido y otro comienza.”

Mediócrates dejó de quemar hormigas con su lente y se volvió hacia el alumno. “Todos los días acaba un eón y comienza otro. Tú los separas y nombras como excusa para festejar, y para creer que un gran año acaba y uno prometedor comienza. Pero el verdadero filósofo no participa del engaño; él sabe que el final feliz sólo depende de cuándo terminas la historia.”

Mediáclito miró el suelo, sin saber qué decir.

“Este año malvivimos la vida” continuó el erudito, “y el próximo todo lo que ves arderá, pues los persas no dejarán piedra sobre piedra en los dominios de Anaxenodes. Así que bebe y baila por un gran año, pero lo cierto es que esto aún no termina.”

Text 6 Jan Schadenfreude

Cuenta la leyenda que un viejo pescador se acercó una vez a Mediócrates, y tuvieron el siguiente diálogo:

“Maestro,” dijo el pescador, “yo me considero una buena persona en general, pero he de confesar que mis alegrías más absolutas provienen del mal. De hacer el mal, y ver sus efectos.”

“El regocijo por las penurias del otro es el regocijo más sincero, pues proviene del corazón”, acotó Mediócrates.

“Pero no estoy haciendo justicia. No es un castigo. Es simplemente regocijarme con el martirio de otros.”

“La justicia es una quimera, buen hombre. La compensación y la venganza son mecanismos para recuperar el lábil equilibrio de las emociones, no para hacer lo bueno ni lo justo.”

El sabio se sentó y continuó hablando.

“Si realmente buscas lo justo, creerás hacer el bien. Si lo injusto, pensarás que es el mal. Pero el regocijo, el Schadenfreude, por sí mismo es esencialmente amoral. No dejes que una fantasía de justicia te muestre el bien y el mal, porque el gozo está más allá de ambos”.

Text 28 Dec La última lección

Ya en la vejez, el sabio Mediócrates reunió a sus discípulos y les dijo… de hecho, no les dijo nada, tomó su breviario y se largó a reposar. Aquélla fue su última, y posiblemente más profunda, enseñanza.

Text 26 Dec La limpieza y el Hades

En su juventud, estando en Porros, Mediócrates fue interrogado por dos acólitos de Hermes, que tenían una disputa sobre si es más limpio quien más limpia o quien menos ensucia.

“El hecho de limpiar es la medida de la limpieza” dijo el primero. “Ergo, quien más limpia es más limpio”.

“La necesidad de limpiar muestra la falta de limpieza” replicó el segundo. “Ergo, quien más limpia es menos limpio”.

Mediócrates se rascó el abdomen y dijo: “La necesidad de ver las cosas limpias es la prisión del logos, y el hecho que se ensucien aunque no se usen es el calabozo de la physis. Lo que subyace a vuestra pueril disputa son estas cadenas que mantienen vuestros espíritus cautivos”.

“Poco importa si el santuario del dios está limpio porque fue limpiado o porque no fue ensuciado. Cuando Hermes Psicopompo baje del Olimpo a conducir vuestras almas por Aqueronte, Lete y Estigia, os aseguro que vuestro denuedo por la limpieza no os moverá un ápice de vuestro final en los Prados Asfódelos, donde moraréis por derecho propio entre los mediocres que fueron y serán”.

Text 24 Dec El Taumaturgo de Myra

En su obra “Periplos”, Mediáclito de Naxos relata que zarpó desde Rodas con intención de llegar a Myra, en la región de Licia. En esa ciudad había historias sobre Nicolás Taumaturgo, quien era famoso por la prodigalidad de sus regalos, y fue a visitarle.

“Te saludo, buen hombre. ¿Qué es lo que haces?” inquirió el filósofo.

“Estoy reuniendo dracmas para darle una dote a Amaltea, de modo que pueda casarse y evitar que se prostituya”, respondió el licio.

“¿Y para qué son estos hoplitas tallados en madera?” siguió Mediáclito.

“Son juguetes para el pequeño Milo”.

“¿Y cómo eliges a quiénes obsequiar con tus dracmas y maravillas?”

“Difundo que daré mis regalos en el solsticio de verano a quienes sean buenos, y así la ciudad se comporta bien”.

“¿Y quién determina qué es lo bueno?”

Nicolás caviló un momento. “Es sabido lo que es bueno y lo que es malo. Puedo darme cuenta”.

“¿Y piensas que el juez de lo bueno y lo malo puede ser un hombre que discrimina entre Amaltea y Eudoxia? Eudoxia también se comporta correctamente, pero no tiene dote y deberá prostituirse. Milo tiene un nuevo juguete, mientras Terón envidia su suerte, pues él también fue bueno”.

Nicolás no sabía qué decir.

“El maestro Mediócrates diría que tu deseo de hacer el bien altera el delicado equilibrio de las cosas,” prosiguió Mediáclito, “y sólo consigue crear envidia, desazón y la sensación de injusticia. Deja que la mediocridad guíe tus actos, y la vida fluirá sin roces a tu alrededor”.

De esta manera, la tradición de hacer regalos en el solsticio de verano se retrasó ocho siglos.


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